Rudeza y suavidad+audio

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Cuentan que cierto día un árabe beduino de la tribu de los Ansar fue a hablar con Ahmad ibn Abu Jalid102, quien no veía que aquella conferencia le reportara ningún beneficio. Así las cosas, Ahmad ibn Abu Jalid se airó y le soltó rudas palabras con las que ofendió al árabe ansarí, quien dijo: “¡Oh visir! Tienes que saber que Dios, alabado y exaltado sea, te ha dado algo que no le ha dado al Ungido, sobre él sea la paz”. Extrañó aquellas palabras a Ahmad ibn Abu Jalid, quien dijo: “No blasfemes, ¿qué me ha dado a mí que no le haya dado a él?”. Dijo: “A ti te ha dado un mal carácter, y al Profeta no, pues dice el Corán: y en verdad posees un nobilísimo carácter103”. Ahmad ibn Abu Jalid, se rió, lo honró y respondió a sus peticiones por aquella su ocurrencia. Y todo esto se debía a lo sumamente justo que era Ahmad ibn Abu Jalid…

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El saber de Abu-l-Fadl Badi’ al- Hamadani

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Cuentan que cuando en Abu-l-Fadl Badi’ Hamadani aparecieron signos de supremacía en el saber fue cuando solo contaba con doce años de edad, pues ya tenía poemas sustanciosos y elocuentes enunciados. Sahib ibn Abbad lo hizo comoparecer para informarse de su intelecto y calibrar su sabiduría…

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Tratamiento con látigo+audio

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Cuenta el autor de Al-faray ba’d as-sidda106 que había en Egipto un médico al que llamaban Qati’i que poseía bienes y riquezas. En cierta ocasión, a un conocido joven de Egipto le entró una embolia. Los médicos tomaron las medidas que ellos sabían, pero aquellas no surtieron efecto. Los familiares de aquel joven se dispusieron a amortajarlo, pero un médico les dijo: “Ya vuestro corazón se ha desprendido de él y no mantenéis esperanza alguna por su vida, pero voy a hacer algo que de acertar y si algo le queda de vida, recobrará la vida, y si no se logra el propósito, tampoco perderá nada”…

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La prescripción de Hipócrates+audio

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Cuentan que cierto día acudió Hipócrates a visitar a un enfermo y, tras tomarle el pulso y ver su mal, le dijo que “debes saber que tú, yo y la enfermedad somos tres personas enfrentadas entre sí.

Si te unes a mí no desacatando aquello que te prescriba y evitas comer aquello que te prohíba, entonces seremos dos contra uno, quedando, pues, el mal solo, por lo que le venceremos ya que cuando dos se unen en cuerpo y corazón podrán vencer a uno solo”. Y en esto se encierra tamaña y sutil sabiduría cuya veracidad y misterio es sabido por todo sensato…

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Grata concisión+audio

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De entre los escribanos designados para dedicarse al arte de escribir en divanes y que eran alabados y encomiados por su brevedad y concisión, ninguno de ellos escribió una carta de victoria tan breve como la que escribió Tahir Du-l Yaminin. En aquel entonces estaba en guerra contra Alí ibn Isa (ibn Mahan) en la quebrada de Holvan. Cuando dio muerte a Alí ibn Isa y derrotó a sus huestes, al instante escribió una carta al señor de Marv(105) cuyo contenido no era más que éste: “Un humilde servidor, Tahir, besa el suelo de la sede del califato mientras la cabeza de Ali ibn Isa se halla ante mí y su anillo puesto en mi dedo. Y hasta aquí”. Es esta concisión harta loable. Con esta breve frase anunció toda su victoria y no le fue menester añadir nada más…

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La historia del escudo de Ali, sobre él sea la paz+audio

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Cuentan que de entre los cadíes, ninguno aventajaba a Surayh, que fue cadí durante el califato del comendador de los creyentes, Umar, que Dios esté satisfecho de él, en tiempos del califato de3 Utman, de Alí y de Muawiya, y hasta que le llegó el turno a Abd al-Malik (ibn Marwan), cadí siguió siendo. Dicen que el comendador de los creyentes Alí, que Dios esté satisfecho de él, siendo califa encontró en manos de un judío un escudo que había perdido. Alí agarró el escudo, pero dijo el judío: “El escudo es mío”. El comendador de los creyentes Alí, que Dios esté satisfecho de él, dijo: “El escudo es mío”…

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El elogio del ignorante +audio

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Cuentan que en cierta ocasión un hombre acudió al sabio Platón y le dijo: “Hoy he estado en tal reunión y fulano de tal te ha alabado y elogiado mucho y ha hecho rogativas por tu bendición”. Al escuchar aquello Platón, agachó la cabeza y se quedó pensativo. Dijo aquel hombre: “¡Oh sabio! ¿En qué piensas y qué he dicho yo que te haya ofuscado?”.

Respondió: “No estoy pensativo por tus palabras sino por mis acciones, pensando en qué indocta actuación he incurrido para ahora ser del gusto de un ignorante, y cuál ha sido mi grave pecado para que un indocto me loe, pues solo la ignorancia aprueba el ignorante”. Y Dios es el más sabio…

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